Inevitable significa que no se puede parar.Los Piratas
En este escenario desconocido, lugar extraño para los pasos que, sin embargo, siguen resonando de igual modo detrás de la sombra, recupero fragmentos de azul que se te cayeron en alguna parte del breve inciso que compartimos. Camino siempre es camino: dejamos que la identidad se funda y desvanezca, sucesivamente, con los cantos, la arenilla y los deshechos de la margen en un proceso constante que nos conduce a ninguna parte.
“Desde la derecha te pareces a alguien que conocí hace tiempo, pero tu perfil izquierdo es distinto, ¿eres dos?”
¿Sabes? Ahora es cuando puedo pensarlo todo despacio, tratando de comprender tus ojos sobre mí con ese brillo que es confusión tanto para quien recibe como para quien ofrece la mirada. ¿Por qué esa capacidad inverosímil para hacer tanto daño, tan despacio y en tan poco tiempo? Espina del pescado más fino, clavada en la garganta. Garganta, reino de nudos y palabras ahogadas.
“Si me detengo pierdo pie. Muéveme, por favor. Agítame.”
La casualidad que te salva y que te mata, la que destroza tu vida y la parte en dos. La casualidad de coincidir en una cafetería del centro una mañana de martes de las de buscar… Ambos desayunábamos en una pausa necesaria. Un capuccino mocca con canela y cacao en polvo. Un palillo para la mezcla. Una servilleta para limpiar las gotas que han rebosado. Una mano que roza a otra en un gesto sin importancia aparente.
“¿Quieres hacer un pájaro con las manos? Déjalas aquí sobre mi pecho y ya lo tienes.”
Dicen que los portugueses son como los fados: lentos y tristes. Tú, que sólo tienes sabor a Lisboa, eres fugaz y terrible, uno de estos amores por los que luego uno se odia siempre. Y yo, que sólo estaba de visita, ahora soy prisionera de una ciudad que ya tengo perdida de antemano en la partida que jugué contigo. Mírame, estatua de piedra al abrigo de la tarde, en esta orilla que mira a otro mundo pero que no ve nada nunca, salvo las gaviotas que se ríen de las rocas que hablan.
“Desde la derecha te pareces a alguien que conocí hace tiempo, pero tu perfil izquierdo es distinto, ¿eres dos?”
¿Sabes? Ahora es cuando puedo pensarlo todo despacio, tratando de comprender tus ojos sobre mí con ese brillo que es confusión tanto para quien recibe como para quien ofrece la mirada. ¿Por qué esa capacidad inverosímil para hacer tanto daño, tan despacio y en tan poco tiempo? Espina del pescado más fino, clavada en la garganta. Garganta, reino de nudos y palabras ahogadas.
“Si me detengo pierdo pie. Muéveme, por favor. Agítame.”
La casualidad que te salva y que te mata, la que destroza tu vida y la parte en dos. La casualidad de coincidir en una cafetería del centro una mañana de martes de las de buscar… Ambos desayunábamos en una pausa necesaria. Un capuccino mocca con canela y cacao en polvo. Un palillo para la mezcla. Una servilleta para limpiar las gotas que han rebosado. Una mano que roza a otra en un gesto sin importancia aparente.
“¿Quieres hacer un pájaro con las manos? Déjalas aquí sobre mi pecho y ya lo tienes.”
Dicen que los portugueses son como los fados: lentos y tristes. Tú, que sólo tienes sabor a Lisboa, eres fugaz y terrible, uno de estos amores por los que luego uno se odia siempre. Y yo, que sólo estaba de visita, ahora soy prisionera de una ciudad que ya tengo perdida de antemano en la partida que jugué contigo. Mírame, estatua de piedra al abrigo de la tarde, en esta orilla que mira a otro mundo pero que no ve nada nunca, salvo las gaviotas que se ríen de las rocas que hablan.

