04 diciembre, 2006
Inevitable significa que no se puede parar.
Los Piratas



En este escenario desconocido, lugar extraño para los pasos que, sin embargo, siguen resonando de igual modo detrás de la sombra, recupero fragmentos de azul que se te cayeron en alguna parte del breve inciso que compartimos. Camino siempre es camino: dejamos que la identidad se funda y desvanezca, sucesivamente, con los cantos, la arenilla y los deshechos de la margen en un proceso constante que nos conduce a ninguna parte.

“Desde la derecha te pareces a alguien que conocí hace tiempo, pero tu perfil izquierdo es distinto, ¿eres dos?”

¿Sabes? Ahora es cuando puedo pensarlo todo despacio, tratando de comprender tus ojos sobre mí con ese brillo que es confusión tanto para quien recibe como para quien ofrece la mirada. ¿Por qué esa capacidad inverosímil para hacer tanto daño, tan despacio y en tan poco tiempo? Espina del pescado más fino, clavada en la garganta. Garganta, reino de nudos y palabras ahogadas.

“Si me detengo pierdo pie. Muéveme, por favor. Agítame.”

La casualidad que te salva y que te mata, la que destroza tu vida y la parte en dos. La casualidad de coincidir en una cafetería del centro una mañana de martes de las de buscar… Ambos desayunábamos en una pausa necesaria. Un capuccino mocca con canela y cacao en polvo. Un palillo para la mezcla. Una servilleta para limpiar las gotas que han rebosado. Una mano que roza a otra en un gesto sin importancia aparente.

“¿Quieres hacer un pájaro con las manos? Déjalas aquí sobre mi pecho y ya lo tienes.”

Dicen que los portugueses son como los fados: lentos y tristes. Tú, que sólo tienes sabor a Lisboa, eres fugaz y terrible, uno de estos amores por los que luego uno se odia siempre. Y yo, que sólo estaba de visita, ahora soy prisionera de una ciudad que ya tengo perdida de antemano en la partida que jugué contigo. Mírame, estatua de piedra al abrigo de la tarde, en esta orilla que mira a otro mundo pero que no ve nada nunca, salvo las gaviotas que se ríen de las rocas que hablan.
 
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30 mayo, 2006
Con las cifras se llega a demostrar todo.
Thomas Carlile


Cuando al fin pude cerrar la puerta de la terraza y miré detrás de mí para verles, supe que al perro ya lo había perdido, posiblemente para siempre. Estela, por su parte, se desvanecía poco a poco. Ya empezaba a echarles de menos y a considerar que había cometido un fallo grave al abrir para proferir aquellas estúpidas burlas contra los… ¿fantasmas?

Lo que quiera que pudiesen escuchar de mí no iba a cambiar nada. Debí suponerlo y sin embargo fue el primer error de cálculo. El segundo fue no prever que eran más rápidos que mis manos y que podían introducirse en la habitación antes de que me diera cuenta. Para colmo, el cierre de aluminio no encajaba. Las manos me temblaban y el cierre no encajaba.

Poco después Estela desapareció definitivamente. Me lancé a la carrera a través de los pasillos y las habitaciones recordando su cara seria mientras en mi mente seguían repicando sus palabras: “espera a que se haga de día”.

Mi tercer error de cálculo había sido apresurarme en la cuenta de las horas, creerme en situación de vencer a las tinieblas en virtud de la luz de la razón. Me decía que aquello no podía ser, que no era posible… Y sin embargo, allí estaba yo, corriendo por las habitaciones, procurando que no me dieran alcance aquellos que se desplazan arrastrándose en el aire.

Porque se arrastran, sí, para ellos el aire es una superficie más, arañable y manchable por donde transcurrir.

Tocan el aire y se acercan a tocarme la cara.
 
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22 mayo, 2006
El corazón tiene forma de urna. Es un vaso sacro lleno de secretos.

Alfred Víctor

Mi hermano Alfredo y yo siempre hemos jugado a ser lo que seríamos de mayores. Hemos pasado por muchas fases, y es normal, porque no hay más chicos con los que relacionarnos en el caserón o sus contornos.

Al principio, nos hacía ilusión ser científicos. Células, mitocondrias, virus… Nuestros padres nos regalaron un juego con un microscopio, que tenía aumento suficiente como para ver las escamas de los cabellos y los ácaros del polvo. El cristal de las gafas de Alfredo chocaba con el visor del microscopio y nos hacía reír. Papá se enfadaba.

Luego, soñamos convertirnos en valientes pilotos de combate salvadores de la patria, surcando los cielos a bordo de sendos Cessna. Y abríamos los brazos al correr entre los rosales y girábamos sobre nosotros mismos hasta que perdíamos el equilibrio. Alfredo hacía el ruido de las bombas y yo el de las ametralladoras. Mamá nos repetía una y otra vez que éramos su tortura y no sé qué de la maldición de la familia.

Más tarde nos decidimos a hacernos periodistas, intrépidos y llenos de recursos para salir de cada situación comprometida que nos surgiera al perseguir la verdad. A mí me gustaba tomar notas de todo y Alfredo grababa las conversaciones más insospechadas escondiendo un cassette Fisher Price. Así descubrimos lo de las pastillas de mamá o lo de papá y esa chica que venía a limpiar, aquella que no paró de gritar que no quería y que por favor parara y la dejara irse. La que se quedó al final tendida en el suelo con la mirada perdida.

También quisimos ser hábiles cirujanos. Reunimos los útiles de quirófano entre la cubertería de plata, el botiquín del cuarto de baño azul y el costurero de la abuela. Nos escondíamos en la casucha de las herramientas para hacer nuestras operaciones. Un corte aquí, pinzas, haga presión allá, detenga rápido esa vía de sangre, esto ya está, sutura por favor. Y la chica, con las semanas, cada vez estaba más blanda y, aunque vidriosa, seguía con la mirada perdida.

Puedo compartir mis secretos con Alfredo. Puedo confiar en él. ¿Quién mejor que mi hermano? Aunque mis padres se obstinen en que soy hijo único y lo he sido siempre. Imbéciles.

Pero creo que ya tenemos decidido lo próximo a lo que vamos a jugar.
 
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03 mayo, 2006
La libertad es el único bien; si ésta se pierde, todo se pierde con él; si se conserva, todo se salva.
La Harpe

Te sientes acorralado porque no dejamos de observarte. No puedes escapar de nuestro ojo y por más que te muevas sigues notando nuestro aliento en la piel. Te agobias.

Te sientes acorralado porque te estamos mirando y porque estamos juzgando lo que vemos. Y tú te defiendes pequeño e inútil, arropado pobremente por la indigencia mental de unos cuantos que te acompañan. Te revuelves y te quejas. Te justificas (el más triste de los actos).

Te sientes acorralado porque nos ves sentados en nuestras altas sillas golpeando en el atril con el mazo y ordenando silencio. Porque somos capaces de hacer desfilar ante ti todos tus orígenes y temores (tu madre, tu profesor de la escuela, tu exquisita esposa).

Te sientes acorralado porque no dejamos de señalarte con el índice de nuestra mano derecha mientras estallamos en sucesivas carcajadas.

Y sientes miedo porque, en el fondo, sabes que te reventaríamos sin piedad dejando tus tripas expuestas en la fachada de nuestra conciencia. Que, de estar en nuestras manos, tú y los que son como tú seríais extinguidos para dar paso al mundo de unos cuantos que no son los cuantos que tú conoces… Al mundo de ninguno.

¿Sientes que te estás volviendo loco? Igual es cierto.
 
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27 abril, 2006
Educar a un hombre es formar a un individuo que no deja nada tras de sí. Educar a una mujer es formar las generaciones venideras.
Edouard René

Trabajo, que no nos falte, hija. Y la salud, que es lo más importante. El resto da igual, no importa. Al final todo tiene arreglo menos la muerte y detrás de una puerta siempre se abre otra. No seas impaciente ni lo tomes mal, fíjate en mí, yo tardé mucho en encontrar mi sitio, y fue de uno a otro, buscando, mirando, y cuando lo encontré, pues allí me quedé. Y estúdiate el carné de conducir, que luego el práctico irá bien, que eres lista. Tú preséntate, que ya rezaré yo.
 
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26 abril, 2006
No se debe de hablar ni se puede decir que se ama a sí el que ama las riquezas, la honra, el deleite ni, finalmente, el que ama cuantas cosas exteriores hay, ni a su mismo cuerpo, pues la parte principal del hombre es la mente.
Luis vives

"Puedes pensar lo que quieras", me dijo. "Lo que quieras". Entonces fue cuando cerré los ojos y vi los caballos bailar.
 
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25 abril, 2006
Los libros que el mundo llama inmortales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza.
Oscar Wilde


Réplica: un libro inmortal es aquel en el que cualquier ser humano de cualquier momento de la historia está inevitablemente condenado a encontrar alguna verdad común a todos sus semejantes, ya sea de orden estético, moral, científico o religioso.
 
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